¿Cómo ha evolucionado su modelo de gestión para lograr un equilibrio efectivo entre la alta exigencia operativa y la empatía con sus equipos?
Al inicio, mi modelo estaba centrado en el cumplimiento estricto de plazos, un control detallado de procesos y la revisión exhaustiva comprobante por comprobante, con un enfoque absoluto en la exactitud tributaria y contable.
En áreas donde los errores pueden generar contingencias fiscales, este enfoque parecía el único camino posible; sin embargo, con el tiempo detecté efectos no deseados como la sobrecarga del equipo, el desgaste en períodos de cierre, una dependencia excesiva del liderazgo técnico y una baja delegación.
¿En qué pilares se fundamenta su metodología de trabajo actual?
He evolucionado hacia un modelo más estructurado, aunque el proceso sigue y seguirá cambiando porque el objetivo es ser cada día mejor que ayer.
Hoy busco basarme en tres pilares fundamentales: objetivos, plazos y estándares técnicos definidos; procesos documentados con controles preventivos; y el logro de que cada miembro conozca y entienda su impacto en el resultado final.
Para alcanzar esto, estoy convencida de que necesitamos un equilibrio tanto emocional como profesional dentro de la estructura de trabajo.
¿Cómo define usted la relación entre exigencia y empatía en un entorno de alta responsabilidad?
El desafío real no consiste en bajar la exigencia, sino en profesionalizarla. En mi visión, la empatía no debe confundirse con la permisividad; por el contrario, es una gestión inteligente del capital humano necesaria para sostener los resultados en el tiempo.
Entiendo que, al cuidar la integridad y el desarrollo del equipo, no solo protegemos a las personas, sino que fortalecemos la calidad técnica y la sostenibilidad de la firma frente a las exigencias del mercado.