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FAMILIA JARA – GRUPO SINDEC
SINDEC nació hace casi cuatro décadas como un emprendimiento familiar que buscaba abrirse paso en el mundo de la representación y distribución de productos manufacturados en Paraguay. En aquel entonces, no había estructura ni certezas: solo trabajo, sacrificio y perseverancia, sostenidos por valores sólidos y un compromiso inquebrantable con la palabra dada. Nuestro lema, “Símbolo de confianza a su servicio”, nos acompaña desde el primer día y sigue siendo el corazón de nuestra identidad, afirma Milton Jara. Crecimos entre depósitos, cajas y camiones, viendo cómo nuestros padres convertían cada obstáculo en una oportunidad, comenta Milca Jara. Ellos nos enseñaron, sin discursos, que el éxito se construye con esfuerzo, integridad y constancia. Con el tiempo, la empresa fue creciendo, reinvirtiendo e incorporando nuevas líneas y marcas, atendiendo nuevas regiones hasta consolidarse como un referente nacional. Pero más allá de los números, SINDEC se convirtió en un símbolo familiar: un espacio donde padres, hermanos y colaboradores compartimos un mismo propósito, el crecimiento continuo.

De esa raíz nacieron nuevas empresas y organizaciones: Ganadera Campo Verde, dedicada a la producción ganadera en el Chaco; Ilse Jara, una marca de moda que fusiona arte y propósito; AZ Inversiones, enfocada en desarrollo inmobiliario y urbano; Urbania, gestora de patrimonios y edificios; y más recientemente, la Fundación Ivo Josué, que busca sacar de las sombras a la epilepsia en Paraguay.
Cada una representa una etapa distinta de nuestro crecimiento, pero todas comparten el mismo ADN familiar: emprender con propósito, cuidar la reputación, pensar en comunidad y construir a largo plazo. Si tuviera que resumir los factores que nos han permitido sostenernos y crecer, mencionaría tres: valores, profesionalización y adaptabilidad. Los valores vienen de casa: la integridad entre lo que uno dice y hace, el compromiso con el trabajo, la honestidad en cada paso y el respeto por las personas. En nuestra familia, la integridad nunca fue negociable, y eso marcó nuestra manera de conducir los negocios. La profesionalización fue un proceso natural, ya que cada uno de los hermanos encontró su lugar, combinando experiencia práctica con formación académica.
La adaptabilidad nos permitió reinventarnos en cada etapa del país: en los años de crisis, de pandemia y de expansión. Aprendimos a diversificar, a mirar nuevos mercados y a incorporar talento joven con nuevas ideas. Hoy, más que una empresa, somos un grupo humano en constante aprendizaje, y creo que ahí está la clave: entender que el liderazgo familiar no se hereda, se construye día a día con coherencia, escucha y compromiso.
Combinar familia y empresa no siempre es fácil, pero en nuestro caso ha sido una de nuestras mayores fortalezas. Desde pequeños aprendimos que el apellido no otorga privilegios, sino responsabilidades. En nuestra mesa familiar se hablaba de trabajo, pero también de valores, de cuidar el nombre y de hacer las cosas bien. Con el tiempo, entendimos que mantener ese equilibrio requiere diálogo, reglas claras y, sobre todo, respeto. Hoy cada uno cumple un rol distinto; aunque los caminos empresariales se diversificaron, seguimos unidos por una misma visión.
Respetamos los espacios personales, celebramos los logros de cada uno y nos acompañamos en los desafíos. Mirando hacia adelante, nuestro mayor reto es preparar a la siguiente generación con un Protocolo Familiar sólido y vivo, que garantice continuidad y cohesión. Queremos que nuestros hijos conozcan la historia, comprendan el esfuerzo detrás de cada logro y encuentren su manera de aportar, dejando su huella con autenticidad.
El legado más valioso que podemos dejar no son las empresas, sino la cultura: la convicción de que el trabajo bien hecho, la humildad y la familia son los pilares sobre los cuales se construye cualquier sueño duradero.


