Compartir
¿Es el liderazgo un destino fijo o una identidad que evoluciona con nuestra propia vida?
Mi modelo de gestión no fue algo que diseñé en un papel, sino algo que fue cambiando conmigo.
Hubo una etapa en la que podía, y quería, dedicarle todo a la empresa. Más horas, más estudio, más reuniones, más exigencia. Sentía que liderar era estar siempre disponible, empujar fuerte, sostener el ritmo. Y funcionó… hasta que mi vida cambió.
¿Qué pasa cuando el ritmo que nos trajo el éxito deja de ser sostenible?
Cuando nacieron mis hijas, entendí que el tiempo no era infinito y que el equilibrio entre la vida laboral y personal no era un concepto teórico, sino una decisión diaria. Aprendí a priorizar, a soltar el control, a confiar más en mi equipo. Entendí que el problema nunca es la exigencia, sino la falta de sensibilidad.
Porque cuando alguien se siente visto, puede dar mucho más, y pedir resultados también implica mirar a la persona completa que tengo enfrente.
Con los años, mis hijas crecieron, se volvieron autónomas, y yo volví a encontrar tiempo disponible. Pero ya no era la misma. Las ganas de evolucionar seguían, pero con otra madurez. Dejé de asociar el liderazgo con hacer sin parar y empecé a asociarlo con discernir: ¿dónde realmente marco la diferencia?, ¿dónde invierto mi energía?, ¿cómo puedo influir de manera más profunda y no solo más rápida?
¿Es posible liderar con la misma ambición pero con una intención diferente?
Y nuestra empresa, compuesta principalmente por mujeres, también fue madurando. Cada una atravesando distintas etapas de vida: maternidad, estudios, duelos, nuevos comienzos.
Eso me enseñó que liderar no es tener la razón, sino crear un espacio donde distintas miradas puedan convivir con respeto y dignidad.
Hoy busco un equilibrio más humano. Sigo siendo exigente con los resultados, pero mucho más consciente de que los logros sostenibles nacen cuando las personas se sienten vistas, escuchadas y valoradas.
Porque, al final, liderar es eso: influir sin dejar de ver al otro tal cual es.
sin dejar de ver al otro


